domingo, 10 de mayo de 2020

Flamenco, tango y arte. Fusión.

También puede entenderse la fusión flamenca alejándonos de la metáfora de Manuel Morao ("el vino malo, avinagrao, al vino bueno, es al fusión al flamenco") creo que aquí tenemos un ejemplo de cómo dos músicas casi-étnicas pueden fundirse con 'sentido y sensibilidad' (por seguir con las metáforas).
Dos grandes, enormes, del flamenco se encargan, como es habitual en los grandes de verdad, humildemente y con un talento descomunal, de llevar esto a cabo. Jeromo Segura, maestro cantaor, consolidado y joven al mismo tiempo (con mil premios y reconocimientos a sus espaldas, Lámpara Minera entre ellos). Juan Carlos Romero, músico, productor y guitarrista global, de estilo contemporáneo. Los dos de Huelva; es importante que conste. Porque poco a poco Huelva se incorpora al flamenco, en su más amplio sentido, más allá del gran fandango local (en concreto, más allá de los más de 50 estilos de fandango contabilizados en su provincia, sin contar cantes populares aflamencados cuya raiz se pierde en la noche de los tiempos) y el 'flamenquito' de romerías y fiestas populares. A disfrutar. Gracias, maestros. Viva Huelva.

https://www.youtube.com/watch?v=0k31bY5Ykps

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Un palo dulce

Sin levantar la vista, conforme entraron en el escenario, tablones de aglomerado, fueron directas a las sillas. Una silla flamenca tiene que ser de enea, claro. No recuerdo la presentación, ni el saludo previo, porque era agosto de 1997; demasiado para mi memoria de pez. Las recuerdo tragar saliva, arreglarse la bata flamenca tras sentarse, mirarse confirmando que llegó el momento. Morenas y guapas a rabiar, con flor en el pelo y un brazo en jarra. Vaya tela. Preparadas. Seguras, pero nerviosas. Junto a ellas un chaval sobre una guitarra clara, siempre sonriente.

Recuerdo el ambiente propio de un evento cultural de pueblo, con barra de chapa desmontable, precios escritos con rotulador sobre carteles blancos, auditorio familiar y pandilleo adolescente; todo muy ruidoso y tradicional. Normal. Hasta que una, la que parecía mayor (quizá dieciocho), empezó por tangos, con los ojos abiertos y la frente arrugada, para luego cerrarlos, como escuchándose y paladeando un par de estrofas y un par de giros que me pincharon el alma. Al guitarrista le leí un ole en los labios y sonrió abiertamente, satisfecho (años después, presentando al Maestro Jeromo Segura, aprecié lo que significaba el flamenco para él). La algarabía ambiental se transformó progresivamente en expectación silenciosa y emocionada. La gente en la barra perdía el interés por su turno y se giraba hacia el escenario, llamándose la atención unos a otros y pidiéndose, mutuamente, silencio. La otra (quizá dieciséis) enlazó la letra, llevando la música a una hondura impropia de su edad. Su voz, un punto rajada, un toque salvaje, contrastaba con la claridad y entonación pura de la de su hermana, pero las dos eran capaces de sonar como una al darse paso. Y el flamenco vino a mí. Y se hizo carne, como leí en algún libro sagrado. O escuché. Tampoco recuerdo.

Cecilia y Rocío no sabían que descubrieron para mí el flamenco. Lo presentaron en todo su esplendor y profundidad en aquel humilde y honesto escenario de pueblo. Me obligaron a luchar por reprimir el llanto de emoción, que por entonces estaba mal visto (por mí, me refiero, en mí mismo). Hoy ya me dejo llorar; a mi alrededor me miran entre extrañados y comprensivos. Empezaron a amueblar de palos y compás esa parte interior y personal, tan de uno, y que se configura con experiencias vitales, puntuales a veces, pero trascendentales. Porque aquello fue una experiencia trascendental. Las casetes de mi padre en nuestro viejo coche familiar cobraron sentido, el tamborileo de dedos dondequiera, los oles… Aquel puzle histórico y cultural se completó con las piezas que, sin saberlo, tenía en mí y a mi alrededor. Sevillaneos, ‘flamenquito’ y ratos con guitarras y amigos, dejaron paso a algo más serio y profundo. Empecé a entender e interpretar de verdad los paisajes culturales y geográficos de mi tierra, bajo la banda sonora que le es propia.

Nunca olvidaré el derroche de magia, duende, o como queramos llamar a ese fantasma, transparente pero con un cuerpo que, como el cuerpo de los vinos, se percibe, a medias, entre los sentidos y el alma mestiza y ancestral de los pueblos antiguos, humildes y cabales, como el mío. No olvidaré al guitarrista, Antonio, en su disfrute personal, tocando, acompañando y completando con felicidad desbordante aquel cuadro maravilloso. El cierre de cada copla precedía a una explosión de aplausos, a su belleza, flamencura y trapío; oles y vivas a la madre y otros familiares de las dos hermanas. Ellas tornaban, poco a poco, el gesto concentrado de la expresión artística hacia una esplendorosa sonrisa, agradecida y satisfecha. Preguntando, me enteré de que eran de Moguer, uno de los grandes pueblos flamencos de Huelva la Llana. Entendí las referencias familiares entre el auditorio.

Cada vez que las he visto cantar, observo y disfruto los gestos personales de cada una. Rocío, cuando está agusto (¿cuándo no lo está?), a menudo se aprieta tanto en bulerías que se despega del asiento, cerrando los puños con tanta fuerza que se le enrojecen las manos. Aquí no hay pose. Hay pureza, hay grandeza, hay orgullo y gallardía de mujer flamenca hasta los tuétanos. Cecilia mira con admiración a su hermana. Luego afina perfecta, mece los giros de voz y cambia de volumen, con soltura, control y capacidad, en un juego sonoro que va desde la dulzura al eco roto por el dolor en la soleá. Rocío, sin mirar, o mirando, le dice ole y jalea. Suena desde el corazón, como sólo una hermana dice ole. Y a mí me sube lo que sea desde las tripas, que me apaga el ole con un nudo en la garganta; seguramente porque lo que quiera salir es demasiado grande.

Les sigo, fiel, desde entonces, con admiración creciente y con cierta familiaridad, por los años que han pasado en la proximidad que uno siente por ellas. La vida me acercó hace poco a Cecilia, y no pude reprimirme. Haciendo de tripas corazón, expliqué como pude, ante su mirada y su sonrisa, lo que Palodulce supuso para mí. Tenía que hacerlo. Tenía que agradecer de palabra la puerta que me abrieron, el puzle que completaron, el universo antiguo al que me iniciaron. ¡Y fue ella la que me dio las gracias! No podía ser de otra manera, porque ella entiende de puertas, de vida y de universos.

Vayan estas letras en agradecimiento a las hermanas González, Palodulce de Moguer, que seguramente, con consciencia unas veces, con inmediatez y humano disfrute otras, riegan de historia, pureza, humildad y flamencura el suelo que pisan. Qué razón tenía el auditorio popular en aquella plaza de pueblo: “¡Niñas! ¡Viva la madre que os parió!”.

  Resultado de imagen de palodulce flamenco
Imágenes del primer y el último disco





miércoles, 9 de julio de 2014

¿Pitingadas? Qué maravilla.

Lo de Pitingo empezó, en las críticas, como raro. Evolucionó a flamenco, en lo que se oye por radios y televisiones. Porque óyelo en un festival, que te vas a enterar si es flamenco o no.  Y artista.
Pero en este nuevo cambio de tercio, ya...  Explosión de personalidad personal propia y de su persona. Rezuma arte y gusto diferente, y lo trasmite.

Estremecedoras las colaboraciones de los verdaderos nuevos flamencos, revolucionarios y que todos/as despertaron las mismas críticas y los mismos reconocimientos, con el tiempo. Me falta Rocío Márquez para cuadrar el círculo. Me meten a Rocío Márquez en este disco y me tiro a los conciertos como una adolescente (también últimamente con Alfredo Lagos, alias "El Manco" -qué barbaridad, qué gusto tocando; también con Manolo Herrera-). Bueno, de hecho ya lo hago. Tirarme como una adolescente a los conciertos, digo.

Las guitarras de Juan, Alfredo Lagos y Diego del Morao, cada una lo suyo. Lo del Habichuela, ¿cómo se puede ser tan clásico y tan moderno al mismo tiempo? Él y Pintingo me recuerdan a Arcángel y Miguel Ángel Cortés: pura armonía flamenca y musical. Gloria bendita.

Las colombianas con Arcángel y Estrella Morente, para qué hablar y qué decir. Modernas y maravillosas, melódicas y, cuando canta Arcángel, sobrecogedoras. Cuando canta Estrella, dulces y humanas. Un semidiós "con un piano en la garganta", como decía mi ex-alumno y amigo Fran "er pelúo".  Una diva flamenca, dulce y fiera al mismo tiempo, intérprete a lo clásico y voz de miel y canela.

Por seguir con los granadinos, Morente Chico y Soleá, tremendos, sorprendentes, sobre todo ella.

¡Sara Baras canta con los pies! Qué maravilla.

La copla a su hijo... el padre al que no se le haga un nudo en la garganta, es que no puede donar sangre. Porque no tiene, vamos. Riesgo para su vida y eso.

En fin, también están Merche (...regular, para mi gusto; aquí no la veo mucho), Dorantes (qué hay que decir de este, de bueno, que no se haya dicho ya), y la estelar de Carmen Linares, quizá de los dos o tres antiguos que marcan la aparición del nuevo flamenco (no confundir con flamenquito, por dios)

Vale los 9.95€ de iTunes. Merece la pena.

AQUÍ UN MAKING-OFF DEL DISCO Me gusta más que ESTE OTRO


sábado, 21 de junio de 2014

Equivalencias piscina - mar abierto

Comprar el Suunto Ambit2S ha marcado sin duda un antes y un después en mi actividad deportiva. Básicamente, por la maravillosa cuantificación de todo lo que hace uno en los "moves" (ya se llaman así, porque lo dice Suunto, y punto).

Estaba deseando probar el reloj en natación al aire libre. En piscina cubierta se muestra, a veces, impreciso, con márgenes de 50 metros de error cada 1200. También es verdad que en los últimos moves este error ha desaparecido; justo después de recalibrar los estilos (tiene acelerómetro y puedes "enseñarle" tus estilos de natación, de forma que detecte cuál estás practicando en cada momento).
Total, que una vez probado, y realizados tres moves en la maravillosa Ría del Piedras, me ha surgido una nueva pregunta. Pregunta originada por un palizón de 604m en una marea con coeficiente de 98.

La pregunta es: ¿cómo comparar los esfuerzos realizados en natación en mar abierto con los de piscina? Para ser sinceros, la ría es ría, no es mar abierto. Es decir, la ola es pequeña (suele serlo) y no molesta demasiado. Especialmente a las 7hs., mi hora de entreno, que no hay tráfico de barcos, causa de olas mayores, parecidas a las de mar abierto. El factor principal a considerar es el coeficiente de marea, es decir, la fuerza con la que la corriente te empuja, a favor o en contra.

El factor en contra - a favor lo he anulado, para realizar el cálculo, nadando aproximadamente la misma distancia a favor de la corriente que en contra. Y el cálculo lo realicé con los datos de un sólo move, el día de marea más fuerte de todo el mes de junio: 98 de coeficiente. Con este coeficiente, recorrí 604m en 34'. Observando las mareas del mes de junio, vi que era la máxima del mes.
Los 34' en piscina cubierta me suponen, habitualmente, 1300m de distancia recorrida. Una media con los diferentes ejercicios que practico: nada continuo, libre, estilos, series, o un mixto. Depende de lo que me apetezca. El Movescount me dice que es, más o menos, lo que recorro en 34' en piscina. 1300m.

De este modo, la razón 604/1300 (es decir, lo recorrido en piscina entre lo recorrido en mar, a misma unidad de tiempo) me ofrece un factor multiplicador de 2,15. O lo que es lo mismo, nadar en el mar, con un coeficiente mareal de 98, me supone 2,15 veces el esfuerzo de la piscina.
Buscando la misma referencia con la marea mínima de junio (coef. 45) observo que el factor multiplicador va directamente a 1, o lo que es lo mismo, que nadar en la ría con una marea de 45, haciendo la misma distancia, más o menos, a favor que en contra de la marea, equivale al esfuerzo de la piscina. Es decir, piscina y mar se equilibran (en términos de esfuerzo, para mi condición física) con un coeficiente de 45. Esto supone que, para calcular el equivalente en piscina del esfuerzo o distancia realizado en natación al aire libre, hay que multiplicar la distancia realizada por el resultado de: (COEF. DE MAREA x 2,15) / 98.

Por ejemplo, esta mañana he hecho 999m en la ría, el coeficiente era de 59 (puede buscarse en http://www.tablademareas.com). 59x2,15/98 = 1,3. 999x1,3 = 1299m.

Voy a afinar todos estos cálculos durante el verano y subiré aquí los resultados. Suplico comentarios, ahora y después.

sábado, 10 de agosto de 2013

Para entender por qué el toreo es un arte...

... Y por qué Morante de La Puebla es lo mejor que puede ser, y lo único que debería ser, un torero: artista.

Parte 1/3


Parte 2/3


Parte 3/3: "Un acuerdo artístico". "Me preocupa no saber si algún día podré vivir sin expresarme toreando".


Alamares de Pasión: LA UNIVERSALIDAD DEL AMOR



Alamares de Pasión: LA UNIVERSALIDAD DEL AMOR: Echo de menos tu estampa. Como el aire se necesita para respirar, necesito un poco de ti, de tu torería, para poder escapar del rutinario...

viernes, 9 de agosto de 2013

Dos de plazas y cuatro de amigos, por favor

Finalmente no pasó nada que aguase un par de días que se prometían estupendos. De las barras de los bares surgen los no-hay-cojones, entre otras maravillosas ideas, como ahora apunta Coca Cola en su última campaña; con mucha razón, para variar.

Antonio se encarnó en un extraño ángel caído del cielo, y me rescató para el mano a mano Juli - Manzanares en Colombinas, al que previamente Pepe Luis, mi compadre, me había provocado, cerrando el círculo. Aunque los toros fueron horrorosos, pequeños y sin casta, se pudo escapar el primero, por presentación y nobleza, aunque sin fuerza, y el último. A este, Manzanares le sacó lo que tenía, con profesionalidad y, a momentos, arte. Tras la euforia propia del rato en la plaza, siempre magnífico y mágico, me quedaba la duda de si Manzanares podía haberse apretado más en los anteriores, de si estos toros se elegían para esta plaza, más allá de la honestidad que puede esperarse para con quienes pagan precios absurdos, tratándose de este nuestro coso onubense.



Plaza de La Merced, Huelva

El Juli pareció emplearse a fondo, con el formato propio del torero profesional y cumplidor, arrimones incluidos, que hacen que el aire te llegue con dificultad a los pulmones. Bueno, funciona, porque la gente aplaude, pero arte, arte… no es. Un mal gesto el de El Juli, dejando agonizar varios minutos al segundo de su lote, cuartos traseros pegados a tablas. Esto, desde luego, no es arte. Desde luego que muchos discutirán si es arte o no esto de las corridas de toros. Aquí me confieso irreflexivo: a pesar de reconocer el sufrimiento de los animales, y que a los taurinos puedan definirnos como salvajes, no me puedo resistir al espectáculo tradicional, estético y artístico. El día antes vi a Perera en la Plaza de Las Monjas dar un par de pases de salón. Cuando dobla la cintura, adelanta una pierna y pasea el capote lento… hace un viento que me levanta los pelos de los brazos.

Y también una extraña e inusual mitomanía. Me despierta, me refiero, esto del mundo taurino. Miro y admiro muchísimo a cualquiera que tiene el valor de meterse en la plaza con un toro bravo. Al salir, no me resistí a pedirle una foto al maestro Pepín Liria, unos sitios a nuestra izquierda. Pepín Liria, también de los torreros profesionales y de arrojo, que si el toro no lo pone, se lo quita él de su seguridad (si es que hay seguridad en una barrera formada por un trapo rojo; grande, pero trapo al fin y al cabo). En la foto, con otro artista, de azul.

Total, que al día siguiente la profecía se cumplió, y ahí estaban los cuatro maromos a las 10 de la mañana (la corrida en El Puerto era a las 1930hs), en prevísión de malos toros, o adelantando buenos ratos; se dieron ambos casos. A la altura de Niebla, mi memoria, condicionada por la excitación de la salida taurina y culinaria, me vino a recordar que para entrar a la plaza eran imprescindibles las entradas… que me había dejado en casa. Como dice Pepe Luis, "papa patrás".

A las 14hs estábamos en La Carboná, Jerez, encargando como un kilo de vaca cántabra, esta vez para comérnosla en diferentes formatos. Este fue el elegido por mí, solomillo, relleno de setas y con una "fina" capita de foie de dos centímetros. El vino también se nombraba por algo de Cantabria ("Sierra Cantabria"), y puede que eso tuviera que ver con su estupendo maridaje con la carne. El protagonismo de la carne me ha hecho olvidar los otros platos. Compañeros, un comentario añadiendo detalle, poloquevarga.

En un momento dado, acordamos, en contra de nuestra voluntad, que era hora de levantarse de la mesa, en busca de mejor posición para esa hora: la horizontal, obviamente. El Hostal La Palma cumplió las expectativas, y las superó con sus sabanitas blancas y su aire acondicionado, que ayudó enormemente a hacer la digestión. Otro de los momentos del fin de semana fue clavar la cara en la almohada a las 5 de la tarde, y aspirar el olor del suavizante con la modorra de la barriga llena y el corto plazo para asistir al mayor espectáculo cultural ibérico, en una de sus mecas.
Solomillo de vaca cántabra con foie, relleno de setas


Plaza de El Puerto de Santa María, Cádiz.

La plaza de toros de El Puerto de Santa María siempre me ha parecido preciosa, escultural y antigua. La parte más cercana a la tierra es de piedra, mientras que el añadido superior es de hierro forjado y obra. Creo que es el ruedo más grande de España, seguro que como mínimo entre los dos o tres más grandes, y los toreros y aficionados la respetan como un sitio donde se entiende de toros y hay que dar la talla. Sentarse en su sombra y verla llenarse poco a poco, con bullicio creciente, es en sí mismo un espectáculo. Un auténtico placer y un privilegio sentirse en medio de una tradición de siglos, tan vinculada al campo, a la naturaleza, al pueblo..., y también al desafío a la muerte, al reto del ser humano a esta parte de la vida.

El paseíllo despliega la estética inicial. El ritual de comenzar a andar sobre el albero ha mostrado todo un abanico de muletillas y gestos supersticiosos, también cristianos, entre los maestros y sus cuadrillas. Los maestros con gesto serio, especialmente Morante de La Puebla, heredero de una tradición artística y bohemia que se expresa en cada movimiento, en cada detalle de su eucaristía particular. Se dice que hay dos tipos de toreros: los artistas y los otros. Los artistas necesitan toros bravos, nobles y entregados. Los otros muestran su profesión con casi cualquier tipo de toro, como demostró Manzanares, y también el Juli... pero tienen menos capacidad de conmocionar y de expresar lo que el toreo, a mi entender, es: un arte popular. El amante del toreo ante los elementos relacionados con el toreo, se conmueve al modo del amante de la pintura ante los elementos relacionados con ella.

Morante se ve obligado a salir a saludar al público, que se levanta de los asientos en una ovación impresionante. El torero reconoce, agradecido, lo que supone, con una profunda inclinación de cabeza tras levantar la montera en movimiento lentísimo semicircular. Comienza el espectáculo. Ahora mismo no hay otro sitio mejor para estar. La brisa circula a ratos entre las localidades, y la banda suena mejor que divinamente. En un determinado momento, el sólo de corneta de Nerva coincide con un aire que Manzanares otorga al toro, para que se reponga. Con sensibilidad, retrasa el primer pase de la siguiente tanda y lo hace coincidir con el final del solo y la continuación del pasadoble, a banda completa. Todos nos miramos. Magia en el ruedo. Público, música, toro y torero son parte de lo mismo, un vínculo cultural histórico y genial, que da por bueno cualquier precio material de acceso al espectáculo. Absolutamente maravilloso.

De estos hubo varios momentos, sublimes. Ante la invalidez de algunos de los toros, física o de casta, Morante pide permiso a Manzanares para un quite de capote, montera en mano, rendido en el por favor a su compañero, que se retira con elegancia. Sólo cinco pases, tan lentos que parecen parados, le enroscan al toro enderredor, desafiando la inercia como ley de la física: la velocidad del galope del toro es inversamente proporcional a su cercanía con el capote del maestro. Se  levantan cuatro bramidos del público, cerrados como el de una sola persona, que duran medio segundo cada uno, y una ovación final que de nuevo baja la cabeza del artista, que será eterno, en agradecimiento al compañero y amigo, a su sentido vital, el arte, y a su público, entregado y loco, fuera de sí ante la belleza exuberante de la comunión torera. Su último toro sacó lo peor de sí, aquel profesional que se ve comprometido a ofrecer algunas series de muleta al público, aunque ni las crea así, de obligatorias, ni las sienta, porque se ve claramente que sólo en algunos pases aislados se siente y expresa como le es propio. No obstante, el público reconoce en la entrega y los arrimones, tan poco frecuentes en Morante de La Puebla, el deseo de ofrecer lo que puede. Con su ceremonial propio, se refresca, bebe, se seca y sale al ruedo montera y capote colgado del antebrazo, como si de la simetría de sus pliegues dependiese el futuro de la humanidad, tras la salida por tercera vez de las mulillas, que se llevan los cadáveres de su lote. Camina despacio, serio, casi compungido, o muy intérprete o muy sincero, hacia los medios; y apenas llega a la raya de tercio, de nuevo el público se levanta y aplaude, asintiendo con la cabeza en su mayoría, al reconocer el esfuerzo y la imposibilidad que brindaron los pequeños y descastados de Juan Pedro Domecq. El imbécil de detrás de mí, centrado toda la corrida en la ínfima calidad de los toros y en el odioso espectáculo que ofrecían, también aplaudió. Cántabro el tío. La vaca que nos comimos en Jerez superaba en calidad a este capullo integral de la fila superior, empeñado en que todo el tendido que le rodeaba se enterase de su conocimiento de lo mal que estaba la fiesta. "Vete a tomar por culo, imbécil" se me venía a la boca cada dos por tres; el respeto al momento y al sitio me hicieron callar.

Con la tristeza del final, desalojamos..., y al desalojo le sigue el hambre; y la sed. Primera estación de penitencia. Observando la siguiente serie de fotos, pinta como Resacón en Las Vegas, a la andaluza.







 Sí, es el maestro Manzanares. Los otros, maestros de otras cosas.

Vamos a echar el café en Puerto Sherry, dijo alguien. Con el abandono propio del que está a gusto, nos dejamos llevar y caímos de esta guisa ante el paisaje que puede observarse. El problema sería, seguro, levantarse.

La motivación la encontramos en la relativa proximidad de Umbrete y Casa Rufino, templo del buen comer y de la buena relación calidad/precio en el Aljarafe sevillano. Ocupamos nuestros asientos en el rincón que nos correspondía de este establecimiento con ambiente cofrade. Obsérvese el gesto de tiesos de todos los componentes... salvo del que asoma la cabeza al final del plano, cuya sonrisa es indeleble.


Ya de vuelta, las horas indecentes, y la temperatura más. Las consecuencias para el pasaje, desastrosas.



La propuesta que me llegó al teléfono al día siguiente: tatuaje baratito e indoloro de Morante de La Puebla. Estoy a la espera de recibir la dirección del tatuador.



El par de días acabaron como era de esperar y desear: inmejorable compañía, agujetas abdominales de reír, comer y beber, y con nuevos proyectos para la Feria de San Miguel o cualquiera otra más propia de los bolsillos de clase media. Compañeros, enhorabuena y gracias por los ratos. Somos ricos, no importa lo que digan nuestras cuentas bancarias.